The Daliangshan Yizu people, SiChuan, China (大凉山彝族)

Read the whole story behind these images as published in National Geographic, China (only available in Spanish, English translation coming soon)

 

Según los relatos que escribió el aventurero Ruso Peter Goulart a principios del siglo XX, el pueblo nuosu, que habita las montañas de DaLiangShan, en la provincia de SiChuan, al Oeste de China, era el más asombroso y desconocido de todo el país. En sus libros describe a los yizu como un pueblo tan indómito y guerrero que en los mapas de China de entonces el territorio de DaLiangShan era un espacio en blanco. Nadie sabía exactamente dónde estaban sus ríos y montañas porque los yizu jamás reconocieron la autoridad de emperador alguno, ni permitieron que funcionarios o cartógrafos entrasen en sus dominios.

 

Los yizu eran pocos y no contaban con armamento sofisticado, sin embargo, habían sido capaces de mantener a raya ejércitos enteros. En tiempos de los Tres Reinos, en el siglo II, el general Zhuang Liang se enfrentó a ellos con frecuencia en sus incursiones hacia el Oeste y le impresionaron el valor y la astucia de este pueblo. En sus memorias confiesa que en ninguna de las batallas sus victorias fueron decisivas, y en algún momento, dice, llegó a dudar de que aquellos hombres fuesen de hecho humanos y no seres sobrenaturales.

 

Cuando las batallas dejaron de librarse con arcos y espadas y aparecieron los rifles, los yizu siguieron siendo indoblegables. Aún a finales del siglo XIX e incluso principios del XX eran los únicos amos de su tierra. Desde 1868 hasta 1905 varias expediciones militares fracasaron estrepitosamente, incluido un ataque de la XXIV división del Kuomitang al completo, que se vio incapaz de resistir la guerra de guerrillas y la ferocidad de los yizu y vio como cientos de sus soldados morían o eran capturados y esclavizados.

 

DaLiangShan es una cordillera constituida por altas montañas cuyas laderas forman acantilados abruptos. En verano, la temporada húmeda, las cimas de las montañas están ocultas tras una neblina densa y fría. La temporada seca, que empieza a mediados de octubre, se lleva estas nubes, pero las cimas pronto recuperan su color blanco cuando la nieve las cubre hasta finales de abril. Al contemplar sus barrancos escarpados me es fácil imaginar cómo unas pocas familias yizu eran capaces de vencer a los poderosos ejércitos chinos. Los yizu de las castas más altas tenían prohibido trabajar la tierra o realizar labores domésticas, su vida estaba devota al arte de la guerra. Desde muy pequeños aprendían a montar a caballo, disparar y desarrollar estrategias de combate. Sabían tender emboscadas y retirarse antes de que el enemigo pudiese reaccionar, y conocían la fórmula del temible veneno amarillo, con el que impregnaban pequeñas estacas que escondían en los campos por los que marcharía el enemigo.
 

El primer problema que se plantea al profundizar en la cultura yizu es su mismo gentilicio. En los textos del siglo pasado los exploradores solían referirse a ellos como lolos, un término despectivo utilizado por los chinos del resto de grupos étnicos para referirse a los “salvajes”, que incluye tanto a los yizu como a otros muchos grupos étnicos del Sudoeste de China. Los textos chinos antiguos comenzaron más tarde a emplear el término “yizu”, escrito con un carácter que significa bárbaro (夷), es decir, todo aquel que no pertenece a la etnia hanzu, mayoritaria en China. Desde la Revolución Comunista se pretendió eliminar los términos peyorativos como “lolo” o “yi” (夷). Se reconoció la existencia de 56 grupos étnicos, algunos de los cuales estaban bien documentados y fueron fáciles de clasificar, pero muchos de los más pequeños se agruparon, bien para simplificar el estudio. A partir de entonces empezó a utilizarse el término yizu (彝族) para denominar a un diverso grupo de pueblos que no encajaban en otras categorías. Retomaron así la misma fonética de “bárbaro” (yi, 夷) pero empleando un carácter diferente que no es peyorativo (彝). Los Yizu de DaLiangShan (que en su idioma se denominan nuosu), son por lo tanto culturalmente diferentes de otros pueblos a los que también se conoce en China por el gentilicio “yizu”, pero que no comparten muchas características culturales. Es por eso que la etnografía oficial china suele afirmar que hay ocho millones de yizu en el Sudoeste de China, cuando en realidad el número de yizu de la región de DaLiangShan, o nuosu, es muy inferior.
 

Hoy en día abundan en DaLiangShan tanto las gorras de béisbol y los pantalones de cuero sintético, como prendas de estilo “folclórico” que apenas guardan ningún parecido con las que se vestían antes del dominio chino. Sin embargo, al profundizar en Daliangshan se evidencia que el aislamiento en que se vive aún en muchas de las aldeas ha contribuido a mantener prendas y costumbres milenarias. Los viejos grabados representan a los hombres nuosu con turbantes de los que asomaba un mechón de pelo, que consideraban que les permitía comunicarse con los espíritus. Hoy muchos hombres siguen usando esta prenda, pero el mechón ha sido sustituido por un manojo de hilos. Las mujeres con hijos siguen llevando, como antaño, un amplio sombrero negro, mientras que aquellas que aún no los tienen llevan un pequeño tocado colorido. Unos largos pendientes simbolizan que una mujer está casada y en los antebrazos de las ancianas se aprecian todavía tatuajes circulares que serán monedas para la otra vida. Aunque muchos jóvenes hayan abandonado algunas de estas prendas tradicionales, todas las generaciones conservan la vala, una capa de lana azul, gris, o blanca que los yizu han llevado desde hace siglos.
 

Los nuosu nunca tuvieron un rey, castillos, ni ciudades. Edificaban casas sencillas que podían desmontarse en un solo día, para que si el enemigo atacaba pudiesen refugiarse rápidamente en las montañas donde eran casi invulnerables. Su sociedad estaba basada en un sistema de castas y un estricto código de honor. Cada una de ellas tenía una serie de deberes y derechos, y la pertenencia a una u otra marcaba la vida del individuo para siempre. Los yizu negros, los amos, dominaban a los yizu blancos, sus esclavos; aunque cada uno de estos grandes grupos se subdividía a su vez en varias categorías de distinto nivel. En función de la casta a la que una persona perteneciese podía tener esclavos o ser esclavizado, y el matrimonio con alguien de una casta distinta a la propia era una de las afrentas más graves y estaba penado con la muerte.
 

Los esclavos de rango más bajo eran personas de otros grupos étnicos que eran capturadas en las incursiones que los yizu hacían en las aldeas vecinas. Una vez en las montañas, era imposible escapar y cualquier tentativa de rescate resultaría previsiblemente en un fracaso militar que engrosaría aún más la cifra de esclavos de la familia yizu. Con el paso de las generaciones estos esclavos podían mejorar su rango, pero muy difícilmente llegarían a equiparse tan siquiera con los yizu blancos, por poca sangre noble que tuviesen. Y en ningún caso con los yizu negros de las castas más puras.
 

Tan importante como la pertenencia a una u otra casta era la pertenencia al clan. Algunos clanes estaban enfrentados por odios milenarios, mientras que otros eran amigos porque lo fueron sus antepasados remotos. Un famoso proverbio yizu dice: “La fuerza del caballo está en su cadera, la fuerza del buey en su cuello, la del yizu en su clan”. Perder el apoyo del clan era para un yizu igual que perder la vida. Antes de la liberación no sólo no había un rey entre los yizu, sino que tampoco había jueces o prisiones. El orden social se basaba en un código de honor, que era respetado por obediencia al clan. Aquel que lo quebrantase perdería el apoyo de su familia, sin el cual estaba obligado a huir de Daliangshan o sería irremediablemente capturado y esclavizado por otros clanes.
 

A pesar de que los tiempos de la esclavitud hayan terminado, los clanes y las castas siguen ocupando un papel importante en la vida de los yizu. Cuando dos yizu se encuentran por primera vez, cada uno enumera sus antepasados para que así ambos sepan cómo deben tratarse. Pertenecer a una casta u otra es aún hoy una razón para enorgullecerse o avergonzarse y un yizu siempre conoce al menos diez generaciones de su genealogía. Los yizu negros no pierden ninguna ocasión para recordar la nobleza de su sangre, mientras que los de castas que antes fueron esclavas suelen intentar disimularlo y usar el apellido de los amos de sus antepasados para hacerse pasar por uno de estos clanes aristócratas. Una anciana en Xiaoliangshan, las montañas más bajas que rodean Daliangshan, recuerda orgullosa que sus padres solían poseer esclavos y que la sangre de su clan es una de las más puras de la región, “en mi familia nadie se ha casado nunca con un yizu blanco”. Aunque en las grandes ciudades sean cada vez más frecuentes los matrimonios entre yizu de distintas castas, o incluso con gente de otros grupos étnicos, en la mayor parte de las aldeas yizu esto es aún hoy impensable. Casarse con alguien de otra casta sería mancillar el honor, no sólo de uno mismo, sino de su familia y sus antepasados.
 

Puesto que en una aldea puede no haber suficientes personas de una misma casta, las grandes ceremonias son muy importantes para conocer posibles compañeros de matrimonio. Una de ellas es la fiesta de las antorchas, que se celebra el 24 de junio del calendario lunar. Los días previos a la cita se percibe impaciencia y expectación. En las calles se venden las antorchas que se emplearán para expulsar a los malos espíritus y mucha gente carga las gallinas o cabras que se sacrificarán durante la ceremonia. El festival varía en función de la región: en algunas aldeas sólo se canta y se baila, mientras que en otras también hay peleas de toros y competiciones de caballo. Pero todas ellas coinciden en ser un punto de encuentro en que familiares que no se han visto durante meses vuelven a sus hogares y pueden conocer a otros yizu de distintas aldeas.
 

Para los yizu todo lo que ocurre en la vida: fortuna, amor, fracasos, enfermedades, etc. sucede por la influencia de buenos y malos espíritus. La influencia de estos entes sobrenaturales es tal que en el pasado cuando una persona cometía un homicidio no se la consideraba culpable. Se decía al asesino que no debía sentirse responsable puesto que el crimen no había sido cometido por él, sino por un mal espíritu que usó su cuerpo. Sin embargo, aun siendo él inocente, el espíritu había empleado sus manos y sus manos debían pagarlo. Se celebraran banquetes en que todos los miembros del clan animaban al asesino a suicidarse. Si lo hacía, nadie, ni siquiera la familia de la víctima, le guardaría rencor. De lo contrario perdería el respeto de la comunidad y muy posiblemente sería asesinado por su propia familia.
Para intermediar entre el mundo de los hombres y el sobrenatural, los yizu recurren al bimo, o sacerdote, una de las figuras más respetadas en cualquier aldea. El bimo conoce cada espíritu y sabe cómo expulsarlo si es maligno o pedirle su protección si es benigno. Gebigoudi es el bimo de la pequeña aldea de Sibiqicun entre las ciudades de Meigu y Zhaojue. Su padre le enseñó el conocimiento sagrado que, a su vez, había aprendido de su abuelo. Un bimo debe conocer su propia genealogía con aún más detalle que ningún otro yizu, en ocasiones hasta sesenta generaciones. Gracias a ello sabrá a cuál de los espíritus de sus antepasados acudir para combatir distintos males.
 

La educación de Gebigoudi comenzó cuando tenía trece años y le exigió tal devoción que apenas tuvo tiempo para ir a la escuela y aprender otras materias como el chino mandarín. Ahora, como bimo, es responsable de proteger la cultura yizu y trasmitir su conocimiento a uno de sus hijos varones. ¿Y si un bimo no tuviese hijos? Entones buscaría a otra mujer con la esperanza de que con ella sí pueda tenerlos y su primera mujer tendría que entenderlo. Por suerte, ese no será el caso de Gebigoudi cuyo pequeño hijo ya juega con la campana y los pergaminos con que algún día combatirá a los espíritus igual que lo hicieron sus antepasados.
 

Uno de los rituales más importantes de entre los que realiza un bimo es la ceremonia de “indicar el camino de vuelta”, que se realiza durante los funerales. Los yizu creen que el hombre sólo tiene un alma mientras vive, pero al morir se divide en tres. El cuerpo se incinera en una montaña y una de las almas se queda en el lugar de la cremación, otra permanece en el mundo para cuidar de la familia y la última debe volver al mundo de los antepasados. Para ello el bimo debe indicarle el camino de vuelta, empezando por cómo salir de la aldea y poco a poco describiendo el lugar en que vivió cada una de las generaciones de antepasados. Si no hay un bimo presente para realizar este ritual, el alma se perderá y errará por el mundo convertida en un fantasma solitario y hambriento.Tanto en las bodas como en los funerales los yizu cocinan grandes pedazos de carne que se comen con las manos. Es la comida que más aprecian y hablan con impaciencia de ella “pronto comeremos pedazos así de grandes” repiten los asistentes a un entierro mientras gesticulan con las manos. Después de varias horas de cantos, los familiares más cercanos llevan a la difunta al lugar donde será incinerada. La mayoría de los yizu creen en el poder de los bimos y aseguran haberles visto hacer cosas inexplicables como curar enfermos terminales, hacer bailar muñecos de paja o cambiar el color del fuego. Incluso los más cultos, profesores universitarios en Chengdu o Beijing, o intelectuales famosos, siguen llamando a bimos de Daliangshan para que los atiendan cuando enferman. Sin embargo, saber que en el mismo corazón de Daliangshan hay también familias que no creen en la magia de los bimos nos hace recordar que la realidad siempre es rica y diversa. “Yo no sé si hay alma o no ni que pasa después de la muerte, ¿los bimo? Esos tampoco, sólo hacen como si lo supiesen para comer de ello”, responde un joven yizu ante las insistentes preguntas sobre los funerales.
 

Además de los bimo, existen otras personas fundamentales para mediar en las relaciones entre los yizu y los espíritus, son los chamanes, llamados suny. Los suny no estudian para ello como los bimo, en general ni siquiera saben leer. Son personas que en algún momento de su vida han caído enfermas y, al ser curadas por un bimo, éste ha descubierto en ellas un don especial para comunicarse con espíritus. Desde entonces realizan en la calle rituales de purificación y adivinan el futuro. “No es algo para lo que te prepares desde la infancia, como los bimo”, me dicen mientras atiendo al ritual de uno de ellos, “un día eres una persona normal, y al día siguiente te has convertido en un suny”.
 

A pesar de todos los cambios que ha atravesado China durante las últimas décadas, los yizu han sido capaces de mantener sus tradiciones. Incluso en los tiempos más duros de la Revolución Cultural los bimos fueron capaces de mantener en secreto sus rituales y gracias a ello hoy sus tradiciones florecen. Cada vez más personas consagran su vida a este saber ancestral. En Meigu, la ciudad de que provienen muchos de los más célebres clanes de bimos, hay actualmente unos 7000 bimos o aprendices. Los niños de una aldea cerca de Butuo no dudan en afirmarlo: “a los yizu nos gusta esta vida, las montañas, la libertad. El mejor sitio donde jugar es el bosque, en donde se pueden cazar pájaros, esto no va a cambiar”. El sueño de la mayoría es salir a trabajar a otras ciudades, al extranjero incluso. Sin embargo, allá donde estén les acompañarán los espíritus de sus antepasados y, si son capaces de conservar las tradiciones, tendrán un bimo que les muestre el camino de vuelta al mundo de los ancestros cuando llegue el momento.

Da Liang Sahn, Sichuan, verano de 2015

1 Response

  1. Maravillosas!!!! No tengo palabras Jorge.

    Sophia Gutiérrez 3 months ago Reply

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